Después de la terapia llegaron los libros, el desarrollo personal, la inteligencia emocional, la neurociencia y años de formación. Empecé a encontrar palabras y marcos para experiencias que antes no sabía nombrar.
Aprendí sobre aprendizaje, atención, emociones, cuerpo, automaticidad y distintas formas de responder. También empecé a observar mi propia experiencia con otras preguntas: qué parecía repetirse, qué cambiaba según la situación y qué interpretaciones, creencias u otros elementos podían estar participando.
Empecé también a cuestionar algunas de las cosas que durante años había resumido como:
«Así soy».
Comprender cambió la manera en que miraba mi historia. Me permitió verla con más contexto y menos juicio.
Pero también fui encontrándome con algo que terminaría siendo fundamental para mí:
comprender no significaba necesariamente responder de otra manera cuando llegaba el momento.
Podía reconocer cosas que parecían repetirse. Podía comprender mejor algunas de mis respuestas. Podía saber qué quería hacer diferente.
Y, aun así, algunas respuestas conocidas volvían.
La autoexigencia.El diálogo interno duro.Formas de tratarme que conocía demasiado bien.
Ahí empezó a tomar forma una pregunta que, años después, estaría en el origen de ALMAVIVA:
Si puedo entender lo que me pasa y, aun así, seguir respondiendo de la misma manera, ¿qué falta entre comprender y cambiar?
Esa pregunta cambió la dirección de mi propio proceso.
Ya no quería solamente comprender lo que me ocurría. Quería aprender a observar cómo aparecían esas respuestas en situaciones reales y explorar qué podía practicar de otra manera.